Euphoria: el final que divide a la crítica – dos voces expertas analizan el cierre de la serie de HBO Max
La tercera entrega de Euphoria ha desatado una tormenta de opiniones desde su estreno. Lo que comenzó en 2019 como un retrato crudo y estilizado de adolescentes atrapados en un torbellino de drogas, sexo y emociones a flor de piel, se transformó por completo en 2026. Cuatro años después de que aquellos jóvenes dejaran el instituto, el brillo, el purpurina y la banda sonora que marcó sus primeros pasos se ha desvanecido, dando paso a una realidad más áspera y desconcertante. Este artículo recoge el debate entre dos especialistas en televisión que analizan el polémico desenlace de una serie que ha lanzado al estrellato a figuras como Zendaya, Sydney Sweeney, Jacob Elordi o Hunter Schafer, y que se mantiene como la segunda producción más vista en la historia de HBO Max, solo superada por Juego de Tronos.
Una temporada sin rumbo fijo: ¿neowestern, thriller o melodrama?
A lo largo de sus ocho episodios, la tercera temporada de Euphoria ha transitado sin brújula entre géneros. En ocasiones parecía un neowestern tarantiniano con bandas de narcotraficantes enfrentadas, otras veces se inclinaba hacia un thriller fronterizo y, en sus momentos más íntimos, derivaba en un melodrama sobre mujeres veinteañeras que apenas tienen su propio cuerpo como herramienta para enfrentar la vida adulta. El capítulo final, lejos de aclarar el camino, profundiza en una dinámica que ya se vislumbraba: la ambición estética domina al guion, y no al revés. Para sorpresa de muchos, además, introduce un discurso religioso cargado de referencias bíblicas que plantea el cristianismo como única salida posible ante el vacío existencial contemporáneo. Un giro que nadie esperaba.
“La secuencia de la muerte de Rue (Zendaya) está filmada con una belleza deslumbrante. Sin embargo, resulta poco coherente con el personaje y con el espíritu original de la serie, que desde el principio giraba en torno a su adicción. Habría sido lógico que en algún momento recayera —motivos no le faltaron—, pero no que muriera por un analgésico adulterado sin saberlo.”
El exceso visual y el deseo de epatar: ¿genialidad o trampa?
Si algo caracteriza a Sam Levinson, el creador de la serie, es su obsesión por la imagen. En el duelo final entre Ali (Colman Domingo) y Alamo (A. Akinnuoye-Agbaje), el exceso visual y la voluntad de impactar rozan el delirio. Por otro lado, la aparición de Rosalía parece más un capricho estético que una necesidad narrativa: su personaje y su famoso collarín podrían haber sido borrados sin que la trama se resintiera. Ella es, como tantos otros elementos, una mera extravagancia visual sin un argumento sólido detrás. A pesar de todo, hay quien defiende que esta deriva tiene sentido: el brillo y la oscuridad conviven en un club de alterne que mantiene esa falsa luz a la que todos se aferran. La estética de videoclip que definió a la serie se ha trasladado a terrenos áridos, secos, casi desérticos, porque así es ahora la existencia de sus personajes.
Ni Rue, ni Maddie, ni Cassie, ni siquiera Nate son ya aquellos adolescentes problemáticos que aún conservaban un atisbo de esperanza. La vida les ha pasado por encima y ya no queda nada salvo sobrevivir al vacío. Y en ese horizonte no caben purpurinas. Aunque la temporada cuenta con episodios irregulares y personajes que parecen puestos para justificar el nombre que los habita —como la propia Rosalía—, también hay tramas que brillan con fuerza: las de Zendaya, Jacob Elordi y Sydney Sweeney eclipsan cualquier posible desliz, probablemente intencionado.
Fentanilo, religión y referencias políticas: los temas que marcan el desenlace
Uno de los aciertos del final es su valentía al abordar la crisis del fentanilo, uno de los mayores problemas de salud pública en Estados Unidos. Lo hace sin romanticismos ni rodeos, colocando a la protagonista en el centro de la tragedia y eliminándola sin contemplaciones. La muerte de Rue, aunque discutible desde la coherencia argumental, es una de las secuencias más hermosas que ha regalado la serie. Para retratar esa realidad, Levinson construye todo un universo en torno al negocio de la droga, porque sí, en los alrededores de Los Ángeles esa realidad existe. ¿Y por qué no mezclarlo con los estudios de Hollywood? La serie apuesta por la inteligencia del espectador, y eso se agradece.
El elemento religioso, omnipresente esta temporada, universaliza una tendencia creciente, sobre todo entre los jóvenes: el auge de la fe como refugio cuando todo lo demás falla. Es un clavo ardiendo al que agarrarse cuando no hay más salida. Un punto final que cierra los arcos de unos personajes con trayectorias redondas. Hasta siempre, Rue Bennett.
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